Biología, evolucionismo
El origen de la palabra, según Engels
El origen de las razas humanas
Historia temprana de la biología molecular
El Proyecto Genoma Humano: avances y críticas
La mariposa Monarca y sus regiones de refugio
El origen de la palabra, según Engels
A continuación se esboza la monografía inconclusa de Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, de 1876. Engels comienza con la premisa de que el trabajo es más que la simple fuente de toda riqueza: es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Su tesis, que sustentará a lo largo del trabajo monográfico, es que el trabajo ha creado al hombre...
Exposición
Probablemente a fines del terciario existían manadas de monos antropomorfos, ya descritos por Darwin. El paso decisivo para el tránsito de mono al hombre fue el prescindir del uso de las manos al caminar por el suelo y adoptando una posición erecta, situación aparentemente evidente si consideramos que el uso de manos y brazos en el hábitat arborícola era preciso. Cierto es que el caminar sobre dos piernas (bipedalismo) implica, según señala Engels, la liberación del uso de las manos; pero por otro lado es también lícito pensar que el empleo de herramientas manipulables constituye una causa de bipedalismo. Engels establece una comparación a través del mono actual y contrasta sus habilidades y características antropomorfas y fisiológicas con las del hombre primitivo o salvaje y el hombre actual: si bien, señala Engels, “la disposición general de los huesos y de los músculos son los mismos en el mono y en el hombre, ...la mano del salvaje más primitivo es capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la mano de ningún mono”, de ello desprende Engels que esta diferencia se debe a los centenares de miles de años de trabajo del hombre con la ayuda de la mano. Dicha diferencia es, precisamente, la mayor destreza, habilidad o flexibilidad en el uso de las manos y transmisible por herencia. Esta idea de la influencia del trabajo sobre el desarrollo de la mano y de su uso en la manipulación de herramientas tiene, para Engels, una mayor —y más grave— connotación: la mano es producto del trabajo: “...la mano no es sólo el órgano de trabajo; es también producto de él”.
Una línea de investigación antropológica pudiera aclarar (o, en su caso, contrastar) esta esencial idea de Engels, particularmente la causalidad entre lo que Engels entiende por trabajo (la manipulación sistemática de herramientas) y el supuesto consiguiente desarrollo en complejidad de funciones de la mano. Me refiero a la hipótesis de que el bipedalismo sucedió previamente al crecimiento cerebral (encefalización), sustentada en ciertas evidencias paleontológicas, como los restos fósiles de antropoides de unos cinco millones de años, los australopitecos gráciles, que caminaban sobre dos patas y su volumen cerebral era de unos 500 centímetros cúbicos, es decir, apenas unos 100 cc más que el cerebro de un chimpancé. (En contraste, el volumen medio de homo sapiens actual es de unos 1650 cc.) Sin embargo, esta tesis no parece contrariar la propia de Engels, sobre todo si consideramos que precisamente la actividad del trabajo manipulador del homínido (ancestro del actual homo sapiens) estuvo en correlación con el crecimiento del volumen del cerebro (y del cráneo), y este crecimiento a su vez concedió mayor dominio sobre la habilidad en la manipulación.
Acerca de la habilidad manipulatoria de nuestro posible ancestro homínido, una vez más evidencias paleontológicas señalan una confirmación: en este caso, destaca el antropólogo anglo-keniata Louis Seymour Leakey (1903-1972), descubridor del cráneo denominado por él como homo habilis, con un volumen endocraneal de 700 cc, hallado en estratos geológicos de hace más de 3.7 millones de años. Evidencias arqueológicas proporcionan indicios de que el homo habilis fabricaba herramientas muy perfeccionadas. Carl Sagan acota en Los dragones del Edén que “Leakey puso de relieve que la crónica fósil de hace unos pocos millones de años refleja la existencia de una gran variedad de especies antropomorfas, muchas de las cuales aparecen con agujeros o fracturas en el cráneo. Es posible que algunas de estas heridas fuesen infligidas por leopardos o hienas, pero Leakey y el anatomista sudafricano Raymond Dart estaban convencidos de que muchas de ellas fueron causadas por nuestros antecesores. Es casi seguro que durante el plioceno y el pleistoceno existió una intensa rivalidad entre muchas formas antropoides, de las que sólo sobrevivió un tronco: el de los que dominaban el uso de útiles y herramientas, el tronco que desemboca en el hombre actual.”
El origen del habla
Pero la mano no era algo con existencia propia e independiente, apunta Engels. Era únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano, según Engels, beneficiaba también a todo el cuerpo servido por ella. Luego desarrolla la tesis acerca de los factores que estimularon el desarrollo del cerebro humano (evolucionado del cerebro del mono); dichos factores fueron el trabajo y el uso de la palabra articulada. Ésta surge como consecuencia de la necesidad de intercomunicación entre hombres (a su vez, producto de la ventaja del trabajo grupal en las faenas cotidianas): al igual que Lamarck, Engels señala que “la necesidad creó el órgano: la laringe poco desarrollada del mono se fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que producían a su vez modulaciones más perfectas, mientras los órganos de la boca aprendían poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro”. Sustenta esta tesis a través, una vez más, de la comparación con los animales: “La comparación con los animales nos muestra que esta explicación del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo es la única acertada.” Caballos, perros caseros que “entienden” o “interpretan” el lenguaje articulado humano y pericos parlantes que en realidad sí interpretan o correlacionan palabras con una cierta idea de su significado.
Jean-Jacques Rousseau propuso que la primera invención de las voces y de la palabra no provino de la necesidad, sino de las pasiones. En su Ensayo sobre el origen de las lenguas, Rousseau manifiesta que, en efecto, por ser la primera institución social, la palabra sólo debe su forma a "causas naturales". En este sentido, Rousseau es materialista. Mas la diferencia con Engels es la siguiente: “tan pronto como un hombre fue reconocido por otro como un ser sensible, pensante y similar a él, el deseo o la necesidad de comunicarle sus sentimientos y sus pensamientos lo llevó a buscar los medios apropiados para ello”.
Engels señala la necesidad de comunicar necesidades; mientras que Rousseau apunta la necesidad de comunicar sentimientos. Sin afán de desmerecer la trayectoria romántica de Rousseau, valga cuestionarse si el sentimiento es una forma de necesidad en el sentido de Engels (es decir, como una forma "natural" y suprahumana).
Con todo, la idea de necesidad de Engels es una más bien una necesidad ciertamente material (“al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta, y al mostrar así las ventajas de esta actividad conjunta para cada individuo, tenía que contribuir forzosamente a agrupar aún más a los miembros de la sociedad... los hombres en formación llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo”); mientras que la necesidad de Rousseau es más bien de corte espiritual e idelista, en tanto que la primera comunicación humana tuvo por origen la noción de identidad (“un ser sensible, pensante y similar a él”).
De hecho, Rousseau –idealista, romántico- menciona que “las necesidades dictaron los primeros gestos, y las pasiones arrancaron las primeras voces”. El argumento de Rousseau es el siguiente: “Se pretende que los hombres inventaron la palabra para expresar sus necesidades; esta opinión me parece insostenible. El efecto natural de las primeras necesidades fue distanciar a los hombres en vez de aproximarlos. Era preciso que fuese así para que la especie llegara a extenderse y para que la tierra se poblara con rapidez; sin lo cual, el género humano, y todo el resto habría quedado desierto. Sólo de esto se deduce con evidencia que el origen de las lenguas no se debe en absoluto a las primeras necesidades de los hombres; sería absurdo que la causa que los separa se transformase en el medio que los une. ¿De dónde, pues, puede venir este origen? De las necesidades morales, de las pasiones. Todas las pasiones aproximan a los hombres a quienes la necesidad de procurarse la vida obligó a eludirse. No fue el hambre ni la sed, sino el amor, el odio, la piedad, la cólera, los que les arrancaron las primeras voces. Los frutos no se sustraen a nuestras manos, puede uno nutrirse de ellos sin hablar; se persigue en silencio la presa con que quiere uno alimentarse, mas para conmover un corazón joven, para rechazar a un agresor injusto, la naturaleza dicta acentos, gritos, quejas: he ahí las más antiguas palabras inventadas...”
El origen de la sociedad
A través de la llamada ley de la correlación de crecimiento postulada por Darwin, Engels supone que el desarrollo gradual del lenguaje va necesariamente acompañado del correspondiente perfeccionamiento del órgano del oído; y así también el desarrollo general del cerebro va ligado al perfeccionamiento de todos los órganos de los sentidos. A su vez estos desarrollos reaccionaron sobre el trabajo y la palabra. Todo este desarrollo, según Engels, fue a la vez impulsado y orientado por un “elemento que surge con la aparición del hombre acabado: la sociedad”, sobre la cual, una vez más, el trabajo es su signo distintivo.
En esta ocasión el trabajo comenzó, para Engels, con la elaboración de instrumentos de caza y pesca o usados como armas: Engels destaca que precisamente el consumo de carne generó un desarrollo ulterior del cerebro y de manera consecutiva a los siguientes desarrollos: el uso del fuego y la domesticación de animales; aquél redujo el proceso de digestión, mientras que la domesticación significó la multiplicación de las reservas de alimento. El hombre se vuelve omnívoro y se adapta a cualquier clima. Gracias a la cooperación de la mano, de los órganos del lenguaje y del cerebro, el trabajo se desarrolló una vez más generando actividades como la caza, la ganadería y la agricultura; la metalurgia, la alfarería, la navegación, en fin, las artes y las ciencias. Finalmente se impulsa la evolución social: de las tribus surgen naciones y Estados; el derecho y la política, y lo que Engels entiende por religión (“el reflejo fantástico de las cosas humanas en el cerebro del hombre”).
Crítica del idealismo
La crítica de Engels al idealismo (no hay cosas reales independientes de la conciencia) es que “los hombres se acostumbraron a explicar sus actos por su pensamiento, en lugar de buscar esta explicación en sus necesidades (reflejadas, naturalmente, en la cabeza del hombre, que así cobra conciencia de ellas)”. De ahí que esa misma influencia, según Engels, impide ver el papel desempeñado por el trabajo. Esta base material o de la naturaleza suprahumana, dicho se paso, es dominada, en tanto que la presencia del hombre sobre ella la modifica volitivamente y “la obliga así a servirle, la domina”.
Reflexión final
Cabe añadir una afortunada generalización en torno a los orígenes no tanto del hombre, como de la “vida racional”, citada en el libro Universo, Vida, Intelecto (1963), del cosmólogo Josef Shmuelovich Shklovskii, un libro que, según el propio Shklovskii, fue escrito para el quinto aniversario del lanzamiento del primer satélite artificial soviético, el 4 de octubre de 1957. A continuación transcribo las palabras de Engels citadas por Shklovskii: se trata de una generalización merecidamente metafísica, en la que la materia -imperecedera- del universo es atribuible a una "entidad pensante". (La fuente original se encuentra en: F. Engels, C. Marx. Dialéctica de la naturaleza, Ediciones Pávlov, México, pp. 28-29.) Shklovskii señala:
"La conclusión sobre la limitación de la existencia de la vida racional en los planetas como consecuencia indudable de la dialéctica del desarrollo del Universo, fue hecha ya por Engels. Él escribió: 'Es un círculo eterno aquel en que se mueve la materia, un círculo que se cierra en periodos de tiempo para los que nuestro año terrestre no es medida posible; un círculo en que el momento del más elevado desarrollo, el momento de la vida orgánica y más todavía, el de la vida animal, y de seres conscientes de su naturaleza, está tan estrictamente medido como el espacio en que la vida y la conciencia llegan a realizarse. Un círculo en que todo estado definido de la materia, sea el Sol o nebulosa, animal individual o especie animal, combinación química o disociación es igualmente pasajero, en el que nada es eterno a no ser la materia eternamente cambiante y en eterno movimiento y las leyes por las cuales se mueve y cambia. Pero por frecuente e inexorable que sea la realización de este círculo en el tiempo y en el espacio; por más millones de soles y de Tierras que puedan producirse y desaparecer; por más largo tiempo que pueda requerir la aparición, en un sistema solar y sólo en uno de sus planetas de las condiciones de la vida orgánica; por innumerables que sean los seres orgánicos que deban aparecer y desaparecer antes de que entre ellos se desarrollen animales con un cerebro capaz de pensar y que se encuentran por un corto periodo en condiciones que hagan posible la vida, para ser luego destruidos inexorablemente, tenemos la seguridad de que la materia, en todos sus cambios, permanece siempre la misma; que no puede perder ninguno de sus atributos; y que por lo tanto con la misma férrea necesidad por la cual volverá a destruir en la Tierra a su más alta floración, el espíritu pensante, volverá a engendrarlo en otra parte y en otro tiempo.'"
El origen de las razas humanas
¿Cuál es la naturaleza de la aparición de las razas? Esta pregunta sigue formando parte del caudal de interrogantes científicas y la interrogante es perfectamente coherente con la idea de que las supuestas características físicas de las razas conforman un indicio suficiente para derivar juicios de valor sobre las cualidades espirituales, morales y culturales de determinados grupos humanos (Cfr. Rudolf Rocker, Nacionalismo y cultura, Alebrije/Reconstruir, 1949). Acerca de esta interrogante inicial, cabe aclarar que no está del todo claro cuál es la génesis de la aparición de las razas, si bien es aceptada la hipótesis monogenista y la posterior diversificación por la acción del ambiente. Sin embargo se ha pensado en la posibilidad de que el análisis genético es la clave para rastrear el proceso de hominización (Cfr. José Luis Fernández Torres, “Más allá de los fósiles: la antropología molecular”, en Antropológicas, IIA/UNAM, núm. 4, México, 1992).
Sobre la edad presunta de la especie humana no hay acuerdo alguno en los círculos científicos y ha pasado mucho tiempo hasta que se osó emitir opinión de que la primera aparición del hombre sobre la tierra debió ocurrir en el pleistoceno; sin embargo, hay quien opina que la ramificación filogenética se puede remontar hasta el periodo terciario (Fernández, Op. cit. y Rocker, Op. cit.). También el problema de la región originaria del hombre está envuelto en las tinieblas y ha suscitado vivas diferencias de opinión entre diversos científicos. Igualmente queda sin esclarecer el problema sobre si la aparición del hombre se ha verificado en un territorio determinado o la humanización tuvo lugar más o menos simultáneamente en diversas partes de la Tierra. En otras palabras: si la especie humana proviene de un origen único y la diversidad de razas fue creada ulteriormente por las migraciones y los cambios en las condiciones externas de la vida, o si las diferencias de razas fue dada ya al comienzo por la diversidad de la procedencia.
Por mucho tiempo fue suficiente la clasificación de Linneo de las razas humanas. Sin embargo, las clasificaciones de razas han sido innumerables; Blumental introdujo una quinta raza más a las cuatro que postuló Linneo; Buffon añadió una sexta, y así sucesivamente diversos estudiosos de finales del siglo pasado y principios del actual contribuyeron con razas adicionales (Peschel, d’Agassiz, Haeckel, Morton, Crawford). En la actualidad se ha generalizado la tipología de Vallois (1944) de cuatro “grandes razas”: caucasoide (blanca), mongoloide (amarilla), negroide (negra) y australoide. Las últimas investigaciones (Dobzhansky, Latter), no obstante, ponen en evidencia un continuum, en el que los caracteres concordantes de una misma raza son muy reducidos y las distancias genéticas entre ellas son muy pequeñas, por lo que el término raza, como división biológica, tiende a perder sentido en favor de “grupo étnico”, “población de origen geográfico dado”, etcétera. Los investigadores contemporáneos que se ocupan del tema tienden a abandonar, pues, el concepto de raza para adoptar un criterio no taxonómico que considera gradientes geográficos en la distribución de las características somáticas de las poblaciones, evitando así el abuso que con gran frecuencia se ha hecho del concepto raza (Cfr. Carlos Serrano, “Antropología vs. racismo”, en Antropológicas, IIA/UNAM, núm. 4, México, 1992).
La palabra gótica reizza tenía propiamente sólo el significado de hendidura o línea. (Algunos filólogos ingleses atribuyen el verbo to write a reizza, pues originariamente significaba algo así como marcar.) En inglés se entiende por race no sólo un grupo humano o animal especial con determinadas características corporales hereditarias; la palabra es empleada también para designar una apuesta sobre velocidad, como por ejemplo, una fuerte corriente de agua, una carrera de caballos o una carrera de automóviles, una carrera en general de supremacía (v. gr.: the presidential race) y otros contenidos más. Sin embargo, en contrapartida, está claro que la humanidad, como conjunto, constituye una unidad histórico–natural, una especie natural. De ello testimonia, en primera línea, la capacidad ilimitada de cruzamiento dentro de la especie humana. Toda relación sexual entre individuos de razas distintas es fecunda; lo mismo la de sus descendientes. Ese fenómeno es uno de los motivos más fuertes en favor del origen común de la especie humana.
Está claro que la noción actual sobre racismo es heredero de ideologías políticas y filosóficas más o menos fundamentadas en tendencias pseudo-científicas, como la sociobiología, cuyos exponentes consideran que el origen de diversas expresiones espirituales humanas, así como fobias, filias y el comportamiento mismo está “escrito” en los códigos genéticos, de tal forma que su descubrimiento facilita la eliminación oportuna de los supuestos “genes maléficos”. Por ello, las ciencias humanas modernas han llegado a rechazar el concepto de raza, por no corresponder este término a ninguna realidad observable y fundamentada.
Los estudios acerca de las interacciones entre los seres humanos y su entorno jamás han desechado que el entorno físico determine tanto a la cultura como a la conducta individual. Una versión panorámica de este tipo de pensamiento sostiene que los climas cálidos provocan inactividad, mientras que los climas con diversidad de estaciones son fuentes de salud y de equilibrio. Este punto de vista, llamado determinismo ambiental, se ha mantenido hasta el siglo XX. Sin embargo, durante el siglo XIX el aumento de datos arqueológicos y etnográficos demostró que desde que los seres humanos han utilizado la cultura para superar las dificultades ambientales, el entorno no ha constituido más que una influencia de tipo menor en la sociedad. Un punto de vista intermedio, que Franz Boas denominó ‘posibilismo’, sostiene que el entorno condiciona la cultura al definir una serie de posibilidades, mientras que los factores históricos y culturales influyen en la elección de una determinada posibilidad.
En la antropología social, la resurección de la teoría evolucionista dio en llamarse neoevolucionismo y sus principales teóricos fueron, entre otros, Julian Steward, Leslie White, Elman Service, Marshal Sahlins y Karl Wittfogel. Estos autores se adscribieron a las ideas evolucionistas clásicas de una manera más bien crítica, y a la vez estuvieron atentos a la visión unitaria –y por lo tanto paradójica– de la historia, promoviendo nuevos enfoques del evolucionismo clásico, y esgrimiendo otras formas de conceptuar a la evolución cultural, al evitar hablar de unilinealidad y sustituirla por las nociones de multilinealidad, desarrollos convergentes o divergentes, adaptación al medio, dominio tecnológico del ambiente, etc. (Cfr. Ángel Palerm, “Evolucionismo: unilineal, multilineal”, en Obras de Ángel Palerm. Agricultura y sociedad en Mesoamérica, Ediciones Gernika, México, 1992).
El objetivo de esta nota consiste en reseñar brevemente los trabajos neoevolutivos de los autores mencionados con el fin de destacar una temática filosófica de mayor envergadura: que los procesos cognitivos humanos son un aspecto de los sistemas biológicos, lo cual supone una estrecha relación entre el hombre y su entorno, y recíprocamente, que los sistemas biológicos suponen la existencia de habilidades cognitivas humanas. La obra de los autores reseñados pertenece al campo de la antropología social, y –a pesar de ello– sus planteamientos presuponen el problema más general de la epistemología evolutiva al asumir la importancia de la relación de dos entidades ontológicas históricamente diferenciadas por la cultura occidental: naturaleza y cultura. Si bien la mayoría de los autores son deterministas en el sentido naturalizado (la naturaleza se sobreimpone a la cultura), los planteamientos dejan entrever más bien un relación recíproca entre ambas entidades. “Desde una perspectiva más general, las cuestiones a que se refiere la epistemología evolucionista son una faceta del conjunto más extenso y complejo de las cuestiones acerca de la naturaleza de la evolución sociocultural y su relación con la evolución biológica” (Michael Bradie, “Una evaluación de la epistemología evolucionista”, en Sergio F. Martínez y León Olivé (comps.), Epistemología evolucionista, UNAM/Paidós, México, 1997).
La ecología cultural de Julian Steward
Julian Steward (Theory of cultural change. The methodology of multilinear evolution, University of Illinois Press, 1955) ha querido demostrar que la evolución cultural ocurre en torno a líneas paralelas (evolución multilineal), las cuales están determinadas por adaptaciones diferenciadas al ambiente. Esta teoría se ha centrado en el concepto de ambiente como un factor determinante, y a la vez como una fuerza de la evolución cultural. El enfoque de la ecología cultural de Steward incluye observaciones acerca del ambiente natural (sistemas ecológicos) y de cómo la influencia de las condiciones de este ambiente influyen en la naturaleza de las adaptaciones tecnológicas. Steward argumenta que los tipos de adaptación cultural al ambiente se reflejan, asimismo, en otros aspectos de la cultura. Durante la adaptación de una tribu a su entorno natural, por ejemplo, ésta se ve influida por los intercambios amistosos, los matrimonios mixtos, la guerra… La ecología cultural reconoce las diferencias de los ‘núcleos culturales’ –es decir, las instituciones sociales, políticas y religiosas que están en estrecha relación con la organización económica dominante– causadas por los distintos procesos de adaptación de cada grupo social como consecuencia de las consideraciones de sus respectivas adaptaciones al entorno.
La ecología cultural presenta similitudes con la ecología biológica en el momento de analizar las interacciones de todos los fenómenos, ya sean sociales o naturales, dentro de un área específica, pero difiere al no considerar equivalentes las características sociales a las especies biológicas. La ecología cultural distingue diferentes formas de sistemas e instituciones socioculturales y reconoce la competencia y la cooperación como procesos en continua interacción. Uno de sus principios es que las adaptaciones al medio ambiente dependen de su propia naturaleza, de la estructura y necesidades de la sociedad, y de la tecnología. Es recíproca la influencia entre los recursos, el clima o la flora y fauna, por una parte, y la naturaleza de la cultura o el medio social interno y externo, por otra.
El aspecto de las teorías de Steward que tuvo una gran influencia en el pensamiento evolucionista posterior fue el concepto de evolución multilineal. Este concepto hace referencia a diferentes teorías explicativas para cada particular manifestación cultural. El concepto también contiene una postura filosófica, en la cual el rango observable de las variaciones de las culturas es entendido como estrategias racionales de adaptación, más que como catálogos de rangos o estrategias de una progresión “unilineal” hacia la civilización.
Energía y cultura en Leslie White
Leslie White (La ciencia de la cultura, Siglo XXI, México, 1985) considera que la teoría de la evolución cultural es tan válida como la evolución biológica. Afirma que es posible hacer uso de una medida universal de los niveles de desarrollo de manera confiable y científica. De esta forma desarrolló lo que denominó la Ley Básica de la Evolución Cultural, que establece que la cultura se desenvuelve o desarrolla en tanto la cantidad de energía dominada por persona y por año se incremente. White sostuvo que la cultura podía ser estudiada como un sistema viviente. Organicista, White fue un antropólogo claramente positivista que formuló reglas y programas de investigación para una ciencia deductiva de la cultura, en la cual existan formulaciones de leyes generales concernientes a los sistemas culturales. Igualmente el enfoque de Steward considera la posibilidad de llegar a tales leyes. Tomando como base su método de la ecología cultural, Steward afirma que a partir de condiciones iniciales similares, los sistemas culturales integrados en niveles similares evolucionarán en formas predictibles. De esta forma, las leyes culturales están determinadas con la observación de las variaciones de forma, función o de secuencias de los sistemas culturales. Neomarxista, Leslie White se abocó al estudio del desarrollo sociocultural de las sociedades que sufren el proceso evolutivo como consecuencia de sus propios avances intelectuales y tecnológicos. Para este autor, el enfoque preciso para distinguir a una cultura evolucionada de otra menos evolucionada es la capacidad del hombre de controlar la naturaleza a través de la cultura misma. Esto es posible, dice White, toda vez que el hombre social desarrolla las capacidades necesarias para extraer energía de la naturaleza.
¿Cuál es la visión estructural de la sociedad y la cultura para Leslie White? Es parecida a la versión marxista de la división en capas o estratos: infraestructural y superestructural, con el subsistema tecnológico en la base. Ahora bien, el momento subjetivo de la predeterminación de lo social o ideológico por lo instrumental es, de acuerdo con Marx, la lucha de clases, lucha que configura y reordena el esquema de la estructura de la sociedad divida en estratos o clases sociales. Para Leslie White esto se cumple en cualquier cultura que acceda a mayores niveles del poder o del dominio de la energía. Este poder, dice White, determina y condiciona el desarrollo sociocultural y evolutivo de las sociedades. La pregunta es: ¿Lo ideológico, y en general los sistemas sociológicos no condicionan a lo instrumental? La respuesta es sí, en efecto, los sistemas sociológicos sí condicionan y afectan a los sistemas instrumentales, pero, advierte White, estos subsistemas jamás determinan lo instrumental o lo tecnológico.
En este sentido, la ley de evolución sociocultural la define White de la siguiente forma: La cultura se desarrolla según aumenta la cantidad de energía aprovechada per capita por año, o según aumente la eficacia de los medios instrumentales que ponen la energía en funcionamiento. Las cantidad mayores de energía aprovechada se constituyen como la muestra del cambio evolutivo, y de hecho tales cambios son los que ya el propio Gordon Childe postulara como eventos revolucionarios: la agricultura y la domesticación de animales, en primer lugar, y en segundo lugar las máquinas.
Elman Service y Marshal Sahlins: evolución general y evolución específica
Un puente importante entre las ideas de Steward y las de White es el libro de Elman Service y Marshall Sahlins: Evolution and culture. Estos antropólogos consideran que la evolución cultural posee inexorablemente una correlación directa con la evolución biológica. De esta forma desarrollaron el concepto de evolución universal que relacionó a las etapas evolutivas con las culturas humanas desde un punto de vista general. Si bien es cierto que la postura de Service y Sahlins se identifica con un evolucionismo unilineal, también reconocen que no todas las culturas transitan a través de las mismas etapas, o incluso a través de todas las etapas.
Service y Sahlins consideran que ambas, la evolución biológica y la evolución cultural, se mueven en dos direcciones al mismo tiempo. Señalan que la evolución es la causa de la diversidad y de la progresión de adaptaciones específicas. La diversidad se refiere, de acuerdo con estos autores, a cambios adaptativos que provocan nuevas formas de evolución a partir de las viejas formas de evolución. Así también, el progreso se refiere a aquellas situaciones en las cuales la evolución crea formas más complejas de sociedad. Y en fin, lo que Sahlins y Service llaman “evolución general” constituye la base de las etapas evolutivas del desarrollo cultural.
La forma alternativa de “evolución específica” es entendida no como un evento evolutivo diferente, sino como una parte integrante del proceso evolutivo. La evolución específica se relaciona con la adaptación de una cultura particular a su ambiente, a través de la evolución cultural. De acuerdo con Sahlins y Service, la evolución general es el proceso que nos permite inferir si el desarrollo cultural de una sociedad específica es más avanzada, y por lo tanto, si existe en un nivel más alto de la evolución cultural. En efecto, dicen Sahlins y Service: “…specific evolution is descent with modification, the adaptive variation of life along its many lines; general evolution is the progressive emergence of higher life stage by stage. The advance or improvement we see in specific evolution is relative to the adaptive problem; it is progress in the sense of progression along a line from one point to another, from less to more adjusted to a given habitat. The progress of general evolution is, in contrast, absolute; it is passage from less to greater all-round adaptability” (Marshall D. Sahlins y Elman Service, Evolution and culture, University of Michigan Press, Michigan, 1960).
Cabe destacar que la perspectiva evolucionista de Service y Sahlins contiene más aspectos de carácter sociológico (spencerianos) que aspectos de carácter biológico (o darwinianos). En efecto, la idea de la progresión social y cultural (de bajos a altos niveles), y la idea de las fuerzas evolutivas dirigidas a incrementar la complejidad son los componentes principales de su construcción teórica. En su búsqueda por los principios nomotéticos, Sahlins y Service desarrollaron la Ley de la Dominación Cultural que muestra el tono general de su perspectiva teórica: “…a cultural system which more effectively exploits the energy resources of a given environment will tend to spread in that environment at the expense of less effective systems... a cultural system will tend to be found precisely in those environments in which it yields a higher energy return per unit of labor than any alternate system available”
La teoría de la evolución específica de Sahlins y Service concibe a la adaptación como un resultado necesario e inmediato del cambio evolutivo. Y por otra parte, su teoría de la evolución general es a su vez spenceriana, centrándose en la linealidad y la progresión como factores que incrementan la complejidad y los rangos jerárquicos de los sistemas culturales.
Karl Wittfogel y el poder de controlar el agua
Karl A. Wittfogel (Despotismo oriental. Estudio comparativo del poder totalitario, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1966) coincide con el punto de vista de Sahlins y Service sobre la evolución cultural. En efecto, este autor ha considerado al agua como un factor ambiental limitante. Observó los mecanismos complejos de control aplicados a la utilización del agua en el desarrollo agrícola y para ello hizo uso de referentes evolucionistas. Wittfogel determinó que el patrón resultante fue un desarrollo evolutivo común, y que la evolución de las culturas sucede como consecuencia del aumento de los sistemas de organización social. Así sucedió en aquellas sociedades urbanas basadas en el regadío a gran escala: India, China, Perú, Egipto, etc. Wittfogel consideró que la ocurrencia de ese patrón resultante puede predecirse.
Es así que Wittfogel postuló que los mecanismos de los proyectos de irrigación de gran escala conllevaron el desarrollo de sociedades estatales. Esta consideración es claramente direccional e implica la necesidad de una creciente complejidad en los desarrollos evolutivos. Esta creciente complejidad en los desarrollos evolutivos se refiere tanto a los proyectos de irrigación de gran envergadura (factores técnicos objetivos) como a la organización social subyacente, así como a otros elementos culturales: la libertad de opinión, las relaciones de la sociedad y de la propiedad privada con el Estado, y en fin, los factores subjetivos inherentes a valores particulares de cada sociedad.
Reflexiones finales
La evolución cultural posee inexorablemente una correlación directa con la evolución biológica. Ambas, la evolución biológica y la evolución cultural, se mueven en dos direcciones al mismo tiempo. La evolución es la causa de la diversidad y de la progresión de adaptaciones específicas. La diversidad se refiere a los cambios adaptativos que provocan nuevas formas de evolución a partir de las viejas formas de evolución. Así también, el progreso se refiere a aquellas situaciones en las cuales la evolución crea formas más complejas de sociedad.
La idea de que tanto el proceso evolutivo de las especies como el de las ideas, teorías o conceptos son procesos de selección, en el sentido darwinista, contiene no sólo una pretensión de extrapolar una teoría naturalista (la evolución de las especies por selección natural) a nociones sociológicas (evolución de culturas), sino también –y esto plantea un problema de mucha mayor profundidad– del problema concerniente, en primera instancia, a la evolución y características de los mecanismos cognoscitivos en animales y humanos, y en segunda instancia a una epistemología evolutiva de los procesos a la Ruse, es decir, la idea de que es posible describir los métodos de pensamiento humanos a través de modelos teóricos de selección natural. Estos tres programas conforman buena parte de los programas de epistemología evolucionista (Cfr. Bradie, Op. cit.).
Historia temprana de la biología molecular
La biología molecular se ocupa, hoy en día, de las bases moleculares de la vida, es decir, la relación entre las biomoléculas y la estructura y funcionamiento de los organismos. ¿De qué manera esta nueva forma de explorar las ciencias de la vida conformó su objeto de estudio a lo largo de la primera mitad del siglo XX? El año de 1953 fue significativo para fundar sobre bases claras los principios de la biología molecular. En efecto, la presentación del funcionamiento de la estructura del ácido desoxirribonucleico (DNA) por parte de Watson y Crick fue relevante por al menos dos cuestiones fundamentales: 1) la molécula de DNA es la encargada de la transmisión hereditaria, y 2) el funcionamiento de la propia estructura molecular del DNA muestra la forma en que lleva a cabo el proceso de transmisión de información hereditaria. Desde el punto de vista disciplinario, el esclarecimiento de estas dos cuestiones fue consecuencia de la actividad científica de dos ramas separadas del conocimiento (y luego imbricadas) que se estaban desarrollando desde finales del siglo XIX: por un lado, la genética y por otro lado, la bioquímica.
En un primer apartado se hablará acerca de esta convergencia disciplinaria. Un segundo elemento importante en la discusión sobre el origen de la biología molecular está en la influencia de política científica sobre elementos de investigación que configuraron las características de la nueva forma de plantearse problemas en ciencias de la vida, y particularmente en biología molecular. Esta discusión es de carácter sociohistórico y será objeto de reseña de la segunda parte del ensayo.
Bioquímica y genética: una afortunada convergencia disciplinar
La bioquímica tuvo su origen en el estudio de la fermentación. Eduard Buchner (1860-1917) mostró que la fermentación es el resultado, no de una acción fisiológica producida dentro del organismo de la levadura (hongos unicelulares), sino de una acción química causada por una sustancia segregada por la propia levadura. Esto representó un giro de investigación científica al modificar el curso de la química fisiológica a la bioquímica. El propio Pasteur ya creía que la vida desempeñaba un papel fundamental en la fermentación, pues además las sustancias químicas que producían ésta no se podían preparar en el laboratorio. La importancia del descubrimiento de Buchner consistió en que vino a comprobar el hecho de que las reacciones internas de la célula, atribuidas a una cierta ‘metafísica’ fisiológica, se deben más bien a levaduras presentes en aquélla. A este tipo de levaduras se les llamó enzimas (John D. Bernal, La ciencia en nuestro tiempo, UNAM/Nueva Imagen, México, 1960). A diferencia de la química orgánica clásica, la bioquímica conformó su campo de estudio a partir del análisis de los procesos químicos de las células de organismos vivos. De esta forma, la fermentación pasó a ocupar un lugar entre los tipos de proceso presentes en dichas células.
En el transcurso de la primera mitad del siglo XX, las entidades vivas que fueron objeto de estudio de la naciente bioquímica fueron caracterizadas por estar constituidas de grupos de moléculas, entre ellas aminoácidos, proteínas, alcaloides, hidratos de carbono, azúcares y grasas. La idea de que la vida constituye una unidad bioquímica se fue conformando a partir de la prueba de que las enzimas sirven de catalizadores, es decir, aceleradores de procesos de reacción química. Ahora bien, tanto plantas como animales están unidos por cadenas alimenticias (unos consumen a los otros en forma de nutrición), y la serie de cadenas de reacciones que ocurren en el interior de las células como consecuencia de la nutrición es catalizada precisamente por las enzimas.
Sólo a mediados de los años treinta del siglo XX fue posible obtener enzimas en estado razonablemente puro y ello puso en manifiesto que la mayoría de ellas son proteínas, o contienen proteínas. Desde principios del siglo, una apreciable cantidad de bioquímicos –por ejemplo, en 1911 la Sociedad Bioquímica de Gran Bretaña estaba conformada por 50 miembros– desentrañaron lo procesos de una gran cantidad de cadenas de reacciones de sustancias biológicamente activas y de enzimas (Bernal, op. cit.).
La relación entre los elementos puestos al descubierto por la bioquímica y le genética está dado por el desarrollo de la tesis de que el gene (partícula de material genético que determina la herencia de una característica determinada, o de un grupo de ellas) controla una cierta reacción bioquímica. Los antecedentes inmediatos de esta tesis las encontramos en los trabajos de T. H. Morgan en torno a sus estudios sobre la mosca de la fruta (Drosophila). En 1910 Morgan estudió las relaciones entre los caracteres de la mosca y su estructura cromosómica (los cromosomas son pequeñísimas estructuras filiformes formadas por ácidos nucleicos y proteínas presente en todas las células vegetales y animales), descubriendo cómo los genes se transmiten a través de los cromosomas. Treinta años después, en 1941, “George Beadle y Edward Tatum mostraron que los genes controlaban a las síntesis enzimáticas y que había un gen diferente para cada enzima. Esto representó el primer paso hacia la unificación de la bioquímica y la genética” (Michel Morange, A history of molecular biology, Harvard University Press, USA, 1998). En efecto, el trabajo de Beadle y Tatum mostró que los genes son de hecho reguladores bioquímicos y cumplen una función en la síntesis de enzimas.
Uno de los discípulos de Morgan, H. J. Muller, dirigió sus investigaciones a los efectos de la presencia de rayos X sobre los genes de la mosca de la fruta, mostrando así su capacidad mutagénica (más tarde advertiría acerca de los efectos de la radiación nuclear en los genes humanos). Alrededor del año 1950, el genetista Nikolai Timofeeff-Ressovsky, colaborador de Max Delbruck y Karl Zimmer (conocidos posteriormente como miembros del grupo Fago) se dedicó a determinar el número de mutaciones inducidas en la mosca de la fruta a partir de diferentes variedades e intensidades de fuentes de energía. Los trabajos iniciales de estos investigadores partieron de posiciones teóricas distintas a las prevalecientes (dos de ellos poseían una formación en física) lo que los llevó a modelar el comportamiento genético con base en herramientas de la física, y con ello la historia de la biología molecular fue enriquecida por una disciplina científica adicional.
Influencia de política científica en biología molecular: la Fundación Rockefeller
Ya el propio Max Delbruck hubo de ser beneficiario de recursos de la Fundación Rockefeller, recursos que Delbruck utilizó primero para trabajar con Niels Bohr en Dinamarca y a partir de 1938 en la Universidad Vanderbilt en Tennessee, Estados Unidos. También el laboratorio de genética de Morgan, en el Caltech, obtuvo importantes partidas de financiamiento por parte de la Fundación Rockefeller. Durante las primeras tres décadas del siglo XX, la fundación otorgó fondos destinados a ciertas áreas de la educación y la salud públicas, así como a la medicina (el estudio de las vitaminas y la endocrinología) y la enseñanza científica. Fue a partir de los años 30 que cambió su política de fondos hacia la investigación en biología, y muy particularmente a aquellas áreas de la biología que hacían uso de técnicas físicas y químicas. De acuerdo con Morange, es posible comprender este giro de política de fondos para la ciencia en los supuestos filosóficos y políticos de los administradores de la fundación.
En efecto, después de la Gran Depresión de 1929, Warren Weaver, entonces director de la división de ciencias naturales de la fundación, argumentó acerca de la disparidad entre dos tipos de conocimiento humano que explicaban la crisis económica y productiva de los Estados Unidos: por un lado, el conocimiento humano de las fuerzas inanimadas, es decir de la fuerzas productivas, las cuales sobrepasaron al conocimiento humano de las fuerzas animadas o humanas; de tal modo que el cambio de política de fondos obedeció a subsanar esta disparidad a través del uso del conocimiento ‘excedente’ de matemáticas, química y física en biología y psicología. Esta filosofía materialista, dice Morange, explica por qué la fundación otorgó fondos a laboratorios y científicos que laboraban en áreas de biología que hacían uso de métodos provenientes de la física o la química. Cabe añadir que entre 1932 y 1945, la Fundación Rockefeller contribuyó con aproximadamente 25 millones de dólares para financiar a la naciente biología molecular.
Está claro, pues, la importante influencia de la Fundación Rockefeller en la dirección de líneas de investigación fundadas en principios materialistas, como es el caso de la bioquímica y la genética aplicadas al estudio de las bases moleculares de la vida; dicha influencia es significativa por cuanto muestra de qué manera los mecanismos institucionales de carácter sociopolítico promueven contenidos específicos en ciencia.
Ahora bien, el ‘giro institucionalista’ de la biología molecular en el cual influyó reconocidamente la Fundación Rockefeller en la dirección científica que hoy en día conocemos, no está exenta de crítica. La más notable de ellas es la de Pnina Abir-Am (“The discourse of physical power and biological knowledge en the 1930s: a reappraisal of the Rockefeller Foundation’s ’policy in molecular biology”, in Social Studies of Science, vol. 12, 1982). Este trabajo parte de la crítica de la visión materialista y reduccionista que caracterizó a la política de financiamiento de la Fundación Rockefeller y en su trabajo se propone analizar de qué manera las decisiones en política científica –como las de la fundación– afectaron o determinaron el curso de líneas de investigación en ciencia.
En la visión de esta autora, las decisiones de la fundación no permitieron (por omisión) el curso de otras líneas de investigación que propugnaban por visiones holistas en ciencias biológicas, opuestas a la visión reduccionista de la fundación. Tal es el caso de la morfología psico-química, una línea de investigación originada en Cambridge, Inglaterra. Esta línea de estudio se proponía el análisis del orden biológico a partir del nivel molecular, de tal manera que su objetivo comprendía el problema biológico de la organización. Sin embargo, aun a pesar de que dicha línea promovía la transferencia de conocimiento de las ciencias físicas, químicas y matemáticas al campo de la biología, y al margen de tomar en consideración que “la mayoría de los intentos de reducir la biología a las matemáticas han conducido a errores” (Bernal, op. cit.), lo cierto es que la Fundación Rockefeller fue señalada por su falta de apoyo a la línea, tal y como fue planteada por el grupo de Cambridge.
La importancia del estudio de Abir-Am radica en desmitificar a la Fundación Rockefeller en su supuesta autoría de la disciplina científica que hoy conocemos como biología molecular, y por otro lado, muestra de qué manera las características epistémicas de las ciencias pueden ser alteradas (ya sea por apoyo o rechazo de sus financiamientos) como consecuencia de política científica.
El Proyecto Genoma Humano: avances y críticas
La advertencia de H. J. Muller al respecto de la influencia de la radiación nuclear en la mutación de los genes humanos vino a conformar un notable antecedente en la posterior conformación del Proyecto Genoma Humano. En efecto, durante gran parte del periodo de posguerra, el Departamento de Energía (DE) y sus predecesores se interesaron por la genética humana, a causa de la necesidad de entender los efectos de la radiación en los seres humanos y sus genes. Así, el DE llevaba mucho tiempo interesado en la genética humana y las mutaciones, a causa de sus programas nucleares, tanto militares como civiles. Hacia 1986, James Watson estaba convencido de las virtudes de emprender la creación de una institución que tuviera como objetivo la identificación de los genes del DNA humano.
A pesar de que el DE poseía la infraestructura adecuada para emprender un proyecto de esta magnitud (el DNA humano está formado por aproximadamente 3 billones de pares de bases químicas secuenciadas) la organización final del proyecto corrió a cargo de los Institutos Nacionales de Salud del gobierno de EEUU –con Watson a la cabeza– y con un fuerte apoyo del DE. En 1988 el DE y los Institutos Nacionales de Salud firmaron un Memorando de Entendimiento en el cual se comprometían a colaborar en la investigación del genoma.
Entre los objetivos planteados están los siguientes:
* Identificar los aproximadamente 30,000 genes que componen el DNA humano;
* Determinar las secuencias de los 3 billones de pares de bases químicas que componen el DNA humano;
* Almacenar esta información en bases de datos;
* Facilitar el uso de herramientas para el análisis de los datos;
* Transferir las tecnologías relacionadas al sector privado, y
* Promover la discusiones éticas, legales y sociales implicadas en el proyecto.
En 1988, durante una reunión celebrada en Cold Spring Harbor, Nueva York, diversos investigadores decidieron fundar la Organización del Genoma Humano (HUGO), que se encargaría de coordinar los trabajos internacionales, procurando evitar las repeticiones y solapamientos. Su primer director fue el genetista norteamericano Víctor McKusick, al que sucedió el británico sir Walter Bodmer, director del Fondo Imperial para la Investigación del Cáncer. Un primer borrador de la secuencia entera del genoma humano fue publicado en febrero de 2001 en la revista Nature.
La meta sobre la transferencia de tecnología al sector privado tiene un fuerte apoyo del gobierno de los Estados Unidos y conforma propiamente uno de los objetivos de política científica en esa región, pues a través del licenciamiento de tecnologías relacionadas y el apoyo financiero a investigaciones innovadoras en el campo de la biología molecular es como el gobierno busca promover el fortalecimiento mundial de las empresas biotecnológicas estadounidenses, en primer lugar, y en segundo lugar –y como consecuencia del punto anterior– al desarrollo de aplicaciones médicas.
Es precisamente en el tema de las aplicaciones médicas en el que concurren evidentes argumentos a favor del desciframiento del código genético humano. Si bien la manipulación de material genético no forma parte de los objetivos del PGH, está claro que la ‘investigación básica’ que ha llevado a cabo el consorcio es fundamental para establecer diagnósticos y terapias génicas (la terapia génica se puede utilizar para curar enfermedades hereditarias y adquiridas, y su aplicación en el combate del cáncer y del Sida son, a decir de las comunidades de científicos, promisorias).
Sin embargo, entre las críticas al desciframiento del mapa genético está el posible uso mercantilista que pudiera dársele a la información obtenida. Está claro que esta información no puede ser patentada por empresas privadas, y la información debe fluir de manera que impacte a las naciones en desventaja científica. En ello radica la importancia del establecimiento de controles legales y éticos que prevengan cursos indeseables en el uso del conocimiento del genoma humano (Cfr. Marga Vicedo, “The Human Genome Project: towards an analysys of the empirical, ethical, and conceptual issues involved”, in D. Hull and M. Ruse (eds.), Philosophy of biology, Oxford University Press, 1998).
La mariposa Monarca y sus regiones de refugio
Hacia el año de 1940, el zoólogo canadiense Alfred Urquhart, especialista en lepidópteros, trataba de concretar su estudio acerca del ciclo vital de la Danaus Plexippus Plexippus, mariposa cuya generosa población es de varios millones de especímenes que habitan en la zona de los grandes lagos, en la frontera de Estados Unidos y Canadá. Urquhart observó que a principios del verano la Plexippus hembra deposita sus huevecillos en las hojas tiernas de las plantas del género Asclepia, muy abundantes en las praderas de Norteamérica. Del cascarón de los huevecillos emergen los millones de larvas u orugas, llamativas por sus franjas negras y amarillas. Después de tres semanas, buscan una rama donde colgarse y forman una crisálida, igualmente seductora, de fuerte tono verde azuloso y puntos negros y dorados, de la cual emerge una mariposa de colores amarillo, naranja y negro.
Urquhart observó que estas crías salían de las crisálidas en septiembre para emigrar, mientras que la generación procreadora maduraba a principios de julio y moría en Canadá y Estados Unidos. El zoólogo Urquhart se preguntaba entonces cuál era el rumbo que tomaban las generaciones de Plexippus emigrantes. Ante todo, sabía que no hallaría la ruta ni su ciclo completo de vida hasta lograr seguirles la pista, paso a paso... Ardua tarea, ciertamente, mas la solución idónea fue etiquetar las alas de varios cientos de ejemplares. Y le siguió la pista hacia el sur, algunas decenas -quizá centenas- de kilómetros. Por muchos años Urquhart pensó que la Plexippus pasaba el invierno en zonas tropicales y subtropicales; pero dónde exactamente no lo sabía.
La respuesta la tenían los michoacanos habitantes del norte de la cuenca del balsas, particularmente campesinos y leñadores pobladores, todos cercanos al municipio michoacano de Zitácuaro, para quienes les era familiar la llegada de la mariposa en las festividades de noviembre y su retirada de los bosques de oyameles y pinos, antes de semana santa. Y también lo supo un colega del propio Urquhart, Kenneth Brugger, unos 35 años después de que aquél iniciara sus investigaciones. Sólo hasta 1975 Urquhart supo de un refugio de la Plexippus que durante años estudió: una zona limítrofe de los estados mexicanos de Michoacán y México, sobre la Cordillera Neovolcánica. En 1976, Urquhart publicó en National Geographic un resumen de sus investigaciones de la Danaus Plexippus Plexippus, mejor conocida como mariposa monarca.
Locomociones de la monarca y su hábitat
A principios del mes de octubre llegan las primeras colonias de mariposas monarca a varios montes de la cordillera Neovolcánica, después de cuatro mil kilómetros de vuelo, a razón de unos ciento veinte kilómetros en un día. Su velocidad media de vuelo es de quince a veinte kilómetros por hora y lo hacen a una altura de 50 metros en las zonas planas y a 10 en las montañas.
La fauna de los refugios es rica en pájaros, principales depredadores de las mariposas. Como contrapartida de la cadena alimenticia, la monarca acumula toxinas en la cubierta quitinosa de su cuerpo y en algunos órganos, por lo que sus depredadores reaccionan negativamente.
La principal mortandad de la monarca son las bajas temperaturas, menores a seis grados celsius. Se estima que solamente la mitad de la población sobrevive a la hibernación, por lo que durante cada migración mueren varios millones de ellas. A finales del invierno del año de 1996 murió aproximadamente una tercera parte de la población superviviente, debido a las bajas temperaturas ocurridas entonces.
A mediados de febrero, cuando la temperatura aumenta, la monarca comienza a aparearse y a extraer néctar de las flores, acumulando energía necesaria para el regreso en primavera a la zona de los grandes lagos, en la frontera de Estados Unidos con Canadá. Al realizar el apareamiento, los machos consumen las últimas reservas de energía; finalmente mueren con el aletargamiento de los meses fríos. Las mariposas que arriban en el invierno a los refugios en México son descendientes de las mariposas fecundadas que partieron en la primavera hacia el norte. A mediados de marzo sólo quedan los millones de cadáveres de la monarca, que prácticamente recubren el suelo con algunos centímetros de espesor.
El territorio donde se establecen las colonias de mariposas monarca no excede los doscientos metros cuadrados, donde se posan sobre los troncos y las ramas de los oyameles; sin embargo se estima que en cada uno de los refugios (unos seis o siete conocidos) se reúnen unos 20 millones de mariposas.
Los llamados santuarios de la mariposa monarca están establecidos en los municipios de Temascalcingo, Villa de Allende y Donato Guerra, en el estado de México; y Contepec, Senguío, Aporo, Angangueo, Ocampo y Zitácuaro, en Michoacán. En 1986 fueron decretados 16,110 hectáreas como reserva para la conservación de la monarca: la Reserva Especial de la Biósfera Mariposa Monarca. El único santuario con acceso al público es el del ejido El Rosario, en Ocampo, Michoacán, en la frontera con el estado de México, que labora del 18 de noviembre al 30 de marzo.
¿Por qué ocurre la emigración invernal de la monarca?
Son conocidas tres rutas migratorias. Las monarca que viven entre el Pacífico y las Montañas Rocallosas se dirigen hacia el estado de California, cerca de San Diego. Las poblaciones que habitan entre el Atlántico y la zona de los grandes lagos cruzan los estados de Carolina y Florida, para llegar a Cuba, aunque después de ahí no se sabe con certeza hacia dónde se dirigen. La tercera ruta es la que, a fines de septiembre, parte de la zona ubicada entre las Rocallosas y los grandes lagos, y se traslada hacia México, por la Sierra Madre Oriental, entra al altiplano por las montañas más bajas, para llegar a mediados de noviembre a los estados de México y Michoacán.
¿Por qué regresa cada año la monarca a los mismos sitios si las mariposas que migran nunca han estado ahí?
Aunque no se sabe con certeza, una hipótesis aceptable es que la mariposa monarca se orienta por fenómenos magnéticos, que los hace dirigirse a lugares con alguna particularidad, como una alta actividad magnética.
La razón de su migración radica en que la maduración sexual sólo será alcanzada con el calor primaveral; para lograrlo, necesitan hibernar en un lugar donde la temperatura las mantenga aletargadas, para una vez llegada la primavera, iniciar la reproducción. Pero, ¿por qué viajar tantos kilómetros para realizar su ciclo vital? Dos hipótesis aventuran la respuesta: primero, porque, en efecto, requieren del viaje para su supervivencia, y éste es necesario pues demandan temperaturas superiores a las de su origen para efectuar la reproducción. La segunda suposición es que el viaje tuvo origen en las grandes glaciaciones del Pleistoceno (hace un millón de años) y la “costumbre del viaje” se fijó genéticamente.