Ciencia e Ilustración
Una sátira de Voltaire: Cándido o el Optimismo
Determinismo e incertidumbre: Laplace
Indagaciones sobre el origen del hombre americano. Coxcox, el Noé mexicano de Carlos de Sigüenza
Fortuna de un socio corresponsal de la Real Academia de Ciencias de París: José Antonio Alzate
Una sátira de Voltaire: Cándido o el Optimismo
En 1710 apareció en el viejo mundo el ensayo filosófico Teodicea, del filósofo alemán Leibniz -coinventor con Newton del Cálculo infinitesimal-, en donde postula razones y hechos metafísicos inherentes a la obra de Dios: después de probar su existencia, manifiesta que el Universo, hechura de su creación, es el mejor de los universos posibles. Leibniz meditó que el universo era bueno por ser composición misma de Dios, y en tanto ser infinitamente perfecto lo concibió de acuerdo con su sabiduría, bondad y poder. Y por tanto el Mundo, como elemento primigenio del universo mismo, era el mejor de los posibles mundos; más aún y como consecuencia inmediata, el mal tendía a desaparecer de él.
Este es el punto de partida de la crítica de Voltaire, que en su sátira de la Teodicea de Leibniz, Cándido o el Optimismo, narración corta de 1758, magnifica con ironía y sarcasmo el optimismo leibniziano del “mejor de los mundos posibles”. En efecto, Voltaire no se contenta con observar las desgracias naturales que pueda uno imaginarse en el mundo, sino que hace referencia al hecho mismo: en 1755, tres años antes de la publicación de Cándido (y a 39 años de la muerte de Leibniz), un temblor de gran magnitud destruyó Lisboa y fue percibido y sufrido en sitios tan remotos como Rusia, hacia el este, y América, al oeste. Se cree que este terremoto causó la muerte de unas 60,000 personas.
En el capítulo VI de Cándido, Voltaire ironiza con genial incidencia una resolución que las autoridades portuguesas emitieron al clero para que éste evaluara y documentara el impacto del desastre en el pueblo. Escribe Voltaire: “Después del terremoto que causó la destrucción de la mayor parte de Lisboa, los sabios de aquella tierra no hallaron modo más eficaz de preservar de la ruina a la ciudad que dar al pueblo un auto de fe. La universidad de Coimbra decidió que el espectáculo de algunas personas quemadas a fuego lento, con gran ceremonia, es un remedio infalible contra los terremotos.” Y fue precisamente también durante este auto de fe, o resolución de la Inquisición, en el que el personaje principal de la novela, Cándido, de Westfalia, vestido con un sambenito y tocado con una mitra en donde “campeaban, pintados, llamas al revés y diablos sin rabo ni garras”, es azotado por seguir las enseñanzas de su preceptor Pangloss, oráculo familiar, filósofo por antonomasia, quien aseguraba que “todo acontecía de la mejor manera posible en éste, el mejor de los mundos posibles”. Pangloss es ahorcado en Lisboa y además fueron quemados vivos un desdichado vizcaíno, “convicto de haberse casado con su comadre, y dos portugueses que, al comer pollo, le habían arrancado el corazón”. Por si esto fuera poco, el auto de fe -los sacrificios- no sirvieron para evitar la ruina de Lisboa, pues, recuerda Voltaire, la tierra continuó temblando de forma espantosa.
Determinismo e incertidumbre: Laplace
La aparición de cometas en las cercanías de la órbita de planeta Tierra ha hecho evidentes ciertos antagonismos, como el de la concepción mecanicista del mundo, en contraste con una visión supersticiosa, propia de la calamidad inevitable y del origen divino. El cúmulo de nociones y leyes de la ciencia ha involucrado estas dos visiones en un silogismo histórico: los acontecimientos de la naturaleza dejan su pasado misterioso por una fría relación de causa-efecto. Es el desencantamiento del mundo, literalmente.
De acuerdo con el quehacer científico de viejo cuño, la diversidad de formas y manifestaciones de los hechos naturales obedecen a ciertas leyes llamadas universales, que se han convertido en el ideal y sueño de la ciencia desde la Ilustración: que sistemas diferentes se comporten de manera idéntica. Para el marqués de Laplace, este ideal era asequible, puesto que “la regularidad que la astronomía nos muestra en los movimientos de los cometas es indudable que existe en todos los fenómenos”.
La idea medular de la concepción determinista de la realidad (antagónica a la de un mundo azaroso, con hechos impredecibles) fue señalada por el francés Pierre-Simon, marqués de Laplace (1749-1827) en su famosa predicción. Laplace pensó en la posibilidad de un conjunto de leyes que determinasen la situación o el estado físico de todo el universo, siempre que se conociere, en algún instante, su posición y velocidad.
En su Essai Philosophique sur les probabilités (1814), Laplace menciona que “todos los acontecimientos, hasta aquellos que por su insignificancia parecen no seguir las grandes leyes de la naturaleza, son una consecuencia de éstas, tanto como lo son necesariamente las revoluciones del Sol. Desconociendo las relaciones que unen cada acontecimiento con el sistema total del universo, se los ha hecho depender de causas finales o del azar, según que sucedieren regularmente o sin orden aparente; pero estas causas imaginarias han retrocedido gradualmente con el ensanchamiento del conocimiento y desaparición por completo ante la sana filosofía que ve en ellas la expresión de nuestra ignorancia de las verdaderas causas.” Para Laplace, la curva descrita por una molécula de aire estará regulada de una manera tan evidente como las órbitas planetarias; y señala que la única diferencia entre ambas es debida únicamente a "nuestra ignorancia". La probabilidad se relaciona, según Laplace, en parte con esta ignorancia, en parte con nuestros conocimientos.
Hoy por hoy, relacionar a la ignorancia con la probabilidad es más bien tema ambiguo: la teoría del caos de los ochenta ha hecho manifiesta una nueva crisis de identidad de los procesos aleatorios: existen hechos impredecibles o azarosos, pero con ‘patrones’ determinables a priori. Más cercana es, sin embargo, la relación entre ignorancia e indeterminismo: baste recordar la creencia de Leibniz en el hombrecillo espermático que Leeuwenhoek observó a través de su microscopio. De ésta y otras ambigüedadades, la ciencia parece no estar excenta aún hoy. Albert Einstein alguna vez manifestó que “la ciencia, considerada como todo un conjunto de conocimientos, es el producto humano más impersonal; pero considerada como un proyecto que se realiza de forma progresiva, está tan condicionada subjetiva y psicológicamente, como cualquier otra empresa humana”. Coherente con su convicción religiosa, Einstein afirmó en varias ocasiones que “dios no juega a los dados”, y creyó pensarlo así porque gracias a su “sentimiento religioso cósmico”, los seres humanos tienen la capacidad suficiente para contemplar el universo y descubrir una realidad “suprapersonal”.
La Ecuación de Lanzamiento
La idea de incertidumbre origina el primer principio del llamado cálculo de probabilidades de la matemática moderna: la razón del número de casos favorables con respecto al número de casos posibles es la probabilidad de que acontezca la eventualidad. La razón es una de dos en el lanzamiento de una moneda, y se convertirá en certidumbre, según Laplace, cuando el discernimiento científico nos lleve a buen cauce; es decir, cuando el hombre encuentre la Ecuación de Lanzamiento, cuyos argumentos son todos aquellos factores que constriñen a la moneda en su trayectoria de movimiento. Operados entre sí, estos factores darán por resultado la cara o la cruz. En el pensamiento lógico todo parece tener solución, pero en el terreno de los hechos no ha sido posible cuantificar uno a uno todos estos factores incidentes en la moneda -ni siquiera en el terreno de la economía.
Indagaciones sobre el origen del hombre americano. Coxcox, el Noé mexicano de Carlos de Sigüenza
En “El claroscuro de la ciencia mexicana del siglo barroco”, Alberto Sarmiento y María Pardo (en Elías Trabulse, comp., Historia de la ciencia en México, T. II: siglo XVII, México, Conacyt/FCE, 1984) afirman que la historia de la ciencia novohispana del siglo XVII está por hacerse. En particular, llaman la atención sobre la manera en que se tejieron en esa época las diferencias entre la observación y la teoría, así como sus respectivas valoraciones en el campo de la historia natural. Esto cobra relevancia al considerar los difusos límites de la autoridad de la Iglesia católica en la época, y su sustitución (también difusa) por autoridades científicas europeas del inicio del mundo moderno. Como se verá, la visión de Carlos de Sigüenza es claramente complementaria, pues en ciertas ocasiones no rehuye a la autoridad bíblica y en otras argumenta en favor de la razón del hombre. Dicen Sarmiento y Pardo: “…Eusebio Kino, tradicionalista, cita a Kepler y no para refutarlo, sino basando sus afirmaciones de alguna cuestión particular en las del autor de la idea de las órbitas planetarias elípticas... también es urgente revalorar a los científicos observadores frente a los teóricos. Si la fama de Tycho Brahe se debe a sus observaciones, a pesar de lo ‘erróneo’ de sus teorías, no debía juzgarse, por ejemplo, a Sigüenza, como poco avanzado porque no formuló la ley de la gravitación universal. Habría que valorar la precisión de sus observaciones, tan científicas como cualquier teoría, y establecer que no existe un modelo ideal de científico…”
Carlos de Sigüenza y Góngora
En el siglo XVII un puñado de destacados letrados de la Nueva España, la élite culta, solía dar presentación de su obra en un escrito a modo de curriculum, que comúnmente se títulaba: "Servicios, encargos y obras publicadas". En 1695, el sacerdote secular Carlos de Sigüenza y Góngora, de 50 años y natural de la ciudad de México, contaba entre sus servicios con el de titular, por más de veinte años, de la cátedra de Astrología y Matemáticas de la Universidad Pontificia y Real de la Nueva España, y titular de la capellanía del Hospital del Amor de Dios. Para entonces, Sigüenza contaba con las siguientes publicaciones: una narración histórico-novelesca, Infortunios de Alonso Ramírez, de 1690, el ensayo científico de 1691, Libra astronómica, y los poemas barrocos Primavera Indiana, de 1662.
Nacido en 1645, Carlos de Sigüenza y Góngora -consanguíneo de Luis de Góngora por ascendencia materna- emprendió la actividad científica durante la colonia con el don de la ubicuidad: astronomía, matemáticas, geografía e historia. Designado Cosmógrafo Real de la Nueva España por el Rey Carlos II, tendría en su haber algunos lunarios y mapas geográficos de la América conquistada.
Carlos de Sigüenza y Góngora vivió durante el periodo histórico previo a la Ilustración (la ruptura, claro está, no es tajante), cuyo auge en el viejo mundo se alcanzó con una fértil exploración de las ciencias de la naturaleza. Contemporáneo de Sigüenza son Descartes en Francia (además receptor epistolar de nuestro criollo) y el sacerdote jesuita Athanasius Kircher, en Roma.
Dos episodios de la vida intelectual de Carlos de Sigüenza y Góngora destacan por su interpretación de los hechos naturales y de la historia antigua de México: la disputa con el padre Eusebio Kino en torno al cometa del año de 1680 -que lo llevó a escribir la Libra astronómica-, y su interpretación de un jeroglífico azteca que testimoniaba la emigración original de los antiguos mexicanos (es decir, el origen del hombre americano). En el primero de estos episodios, Sigüenza combatió a la “imaginería” y a la “superstición” relacionadas con las supuestas catástrofes acaecidas durante las apariciones de los cometas, mientras que en el segundo episodio discutió sobre razones bíblicas. Es cierto que el padre José de Acosta también acude a la razón bíblica, aunque con una gran sutileza concilia a la razón del hombre con la razón bíblica. Dice Acosta:
“Cierto no es de pensar que hubo otra arca de Noé en que aportasen hombres a Indias, ni mucho menos que algún Angel trajese colgados por el cabello, como al profeta Abacuch, a los primeros pobladores de este mundo. Porque no se trata qué es lo que pudo hacer Dios, sino qué es conforme a razón y al orden y estilo de las cosas humanas. Y así se deben en verdad tener por maravillosas y propias de los secretos de Dios, ambas cosas…” (Subrayado propio. Cfr. Historia natural y moral de las Indias, México, edn. preparada por Edmundo O’Gorman, FCE, 1940.)
La Historia natural y moral de las Indias del P. Acosta fue publicada en 1590 en Sevilla. Es notable que Acosta haya sido el primero en argumentar acerca de la continuidad de los continentes asiático y americano, aun antes que Enrico Martínez, conjetura que lo llevó a concluir acerca del origen del hombre americano:
“Siendo así todo lo dicho, ¿por dónde abriremos camino para pasar fieras y pájaros a las Indias? ¿De qué manera pudieron ir del un mundo al otro? Este discurso que he dicho es para mí una gran conjetura, para pensar que el nuevo orbe, que llamamos Indias, no está del todo diviso y apartado del otro orbe. Y por decir mi opinión, tengo días ha, que la una tierra y la otra en alguna parte se juntan y continúan o a lo menos se avecinan y allegan mucho… Si esto es verdad como en efecto me lo parece, fácil respuesta tiene la duda tan difícil que habíamos propuesto, cómo pasaron a las Indias los primeros pobladores de ellas, porque se ha de decir que pasaron no tanto navegando por mar como caminando por tierra”.
El jeroglífico de Sigüenza
Por su relación con la familia Alva Ixtlilxóchitl -descendientes de los Señores de Texcoco: Ixtlilxóchitl, Nezahualcóyotl y Nezahualpilli-, Sigüenza adquirió una singular dominación de lenguas antiguas mexicanas. Entre los manuscritos originales con que contó estuvieron una historia mexicana de Hernando de Alvarado Tezozomoc, hijo de Cuitláhuac y algunos relatos de Domingo de San Antón Muñón Chimalpahin, indio mexicano contemporáneo de Sigüenza.
Una serie de conjeturas persuadieron a Sigüenza a creer que los antiguos mexicanos descendían del personaje bíblico Neftuím, hijo de Misraím y sobrino de Cam. Carlos de Sigüenza creía que los antepasados pobladores del Anáhuac habían emigrado desde Egipto y a través del antiguo continente de la Atlántida. Las evidencias que Sigüenza aportó fueron relativamente contundentes: la similitud de la arquitectura piramidal egipcia y de la mexicana; el empleo de jeroglíficos para el cómputo del tiempo tanto de los mexicas como de los antiguos egipcios, y algunos otros paralelismos lingüísticos como la palabra náhuatl teotl y la egipcia theuth para designar al Dios. En cuanto a las pirámides de Teotihuacan, Sigüenza advierte que su fecha de construcción es antiquísima, “pero tan sólo un poco posterior al Diluvio”.
La tradición de la emigración
En sus Cartas de Relación, Hernán Cortés escribió que Moctezuma le hizo saber que los antiguos mexicanos no eran naturales de la tierra, “sino extranjeros y venidos a ella de partes muy extrañas”. Antes que Sigüenza, el historiador y evangelizador en Centroamérica, fray Toribio de Motolinía, escribió en 1541 acerca de una emigración cartaginesa en embarcaciones hacia Occidente; y por su parte, el franciscano español Jerónimo Mendieta escribió en 1596 que los antiguos mexicanos, trogloditas, vinieron del rumbo de Xalixco, de una cueva llamada Chicomoztok y da cita a unos escritos perdidos (los del padre Olmos) en los que se manifiesta la “procedencia judía” de los mexicas. Una especulación más: en 1606 el cosmógrafo Enrico Martínez había dado a conocer que los continentes americano y asiático estaban unidos por el Norte. Para cuando Sigüenza comienza a dar cuenta de la procedencia de los antiguos mexicanos, todo el cúmulo de creencias coincidía con la ideas bíblicas del Diluvio: los descendientes de Noé no solamente poblaron el viejo mundo, sino que -ya sea cruzando por el Norte o por la Atlántida- también llegaron al nuevo mundo hasta llegar al Anáhuac. En el llamado Jeroglífico de Sigüenza está dibujada la emigración de los antiguos mexicanos, y en un recuadro en la parte derecha está representado el Diluvio. Para Sigüenza, la canoa es la de la tradición bíblica. En ella una pareja se salva del Diluvio y llegan a la montaña de Kulhuakan. Según la representación pictográfica de la cabeza del hombre, éste se llamó Coxcox -un Noé mexicano- y la montaña de Kulhuakan es un Ararat en pleno valle del Anáhuac.
Fortuna de un socio corresponsal de la Real Academia de Ciencias de París: José Antonio Alzate
“Un genial deseo propendió siempre en mí a ser útil a la nación.” -José Antonio Alzate
El auge del periodo de la Ilustración en el viejo mundo se alcanzó con una fértil exploración de las ciencias de la naturaleza. Esto posibilitó que filósofos y científicos se mantuvieran optimistas acerca del poder de una razón: la del Hombre... En Francia, los ilustrados Diderot y D’Alembert dirigieron la Enciclopedia, obra de 17 tomos publicada entre 1751 y 1780, que recogía la ideología y el saber de la época. En ella, Voltaire (y gran parte de los nuevos humanistas) hablaría de un deismo que no negaba a Dios, y que sin embargo lo relegaba a la función de primer motor de la existencia. Con ello, el hombre adquiría, por derecho propio, una posición ufana -y centrista.
Este centrismo tuvo su repercusión en el nuevo mundo, y muy particularmente en la Nueva España: durante tres siglos de dominación española, nunca hubo las grandes contribuciones, ni las innovaciones que en el siglo XVIII se vieron. En contraste con el tradicional debate intelectual escolástico, en la Nueva España se iniciaron los estudios experimentales, siendo el Colegio de Minería el sitio donde la ciencia experimental y práctica se desarrolló de forma sistemática. Como colofón, baste recordar que el visitador Alexander von Humboldt manifestó que “las principales leyes de la nueva química son mejor conocidas en México que en muchas partes de la misma península...”.
Perteneciente a este periodo de la transición en el México colonial es el presbítero, natural de Ozumba, y de reputación cosmopolita José Antonio Alzate y Ramírez. En sus Méritos, servicios, obras escritas y publicadas y comisiones particulares puede leerse: “Estudiada la geometría, filosofía y teología, me dediqué por genial inclinación a las ciencias naturales, auxiliado sólo de mi aplicación y manejo de libros, careciendo absolutamente de la instrucción o ayuda de maestros... Logradas con mi continuada lectura y constancia, algunas ideas, tuve que fabricar para mí mismo los instrumentos necesarios para el uso de la física experimental y práctica de la física matemática...
Nacido en el siglo de las Luces, en el año de 1737, José Antonio Alzate, hijo de un empresario panadero, fue acaso el más fecundo científico de entre los criollos del periodo de las lumières. Alzate fue además socio corresponsal de la Real Academia de las Ciencias de París.
Es un hecho que Alzate soportó cierto esfuerzo para poseer instrumental científico y una buena biblioteca -para entonces una difícil empresa. No obstante, se dedicó con gran inclinación a diiversos estudios, entre ellos astronómicos, geográficos, biológicos e históricos: observaciones del paso de Venus y Mercurio sobre el disco solar, diversos eclipses de sol y luna, estudios de la geografía de la Nueva España, observaciones botánicas de plantas, funcionamiento de máquinas y herramientas, etcétera, todos los cuales el propio Alzate cubrió las gastos para que fueran difundidos.
Acaso su mayor pasión fue la ferviente propensión por difundir la ciencia: en 1768 fundó el Diario Literario de México, del cual escribió alguna vez que comenzó a publicarlo cuando “reflexionó que cualquier obra periódica de literatura es un poderoso estímulo para despertar la aplicación”. Posteriormente, y sin perder de vista el objeto de su deseo, en 1772 creó un periódico más: Asuntos varios, de corta vida, pues, según el propio Alzate, “padeció semejante contratiempo, mas con la satisfacción mía de que por las ideas de éste se aplicaron algunos hacendados del obispado de Michoacán al fomento de las siembras de algodón y añil que han ido prosperando”. Posteriormente dio comienzo a la poblicación de las gacetillas Observaciones sobre la física, historia natural y artes útiles, de las cuales se publicaron catorce números que no continuaron porque, según Alzate, “el impresor encargado mudó de giro y mis escasas facultades no permitieron proseguir las ediciones”.
En 1788, y por cuarta ocasión, Alzate funda un periódico científico más: la Gaceta de Literatura de México. De éste, Alzate comenta: “principié de publicar la Gaceta de Literatura; pero viendo no correspondía el expendio al gasto, se retrajo y entonces hallándome casualmente algo desembarazado, proseguí la impresión hasta el número veinte y cuatro, satisfaciendo al nuevo impresor doscientos pesos de mi peculio para que se reintegraran los costos…”. No obstante el contratiempo, la penuria -y el esfuerzo-, José Antonio Alzate, ufano, advierte: “en la Gaceta de Literatura se demuestran los muchos artículos que he publicado, dirigidos todos para socorrer a las necesidades o ya para aumentar el progreso de las ciencias naturales.”
Crítico del aristotelismo clásico, y, al igual que Carlos de Sigüenza un siglo antes, acérrimo contra la superstición, Alzate fue afanoso en difundir sus estudios y los de sus contemporáneos (fue el primer biógrafo del médico José Ignacio Bartolache, fundador del Mercurio Volante, otro clásico del periodismo científico mexicano); de sus intenciones y acciones se desprende el grado de importancia que Alzate tuvo por la difusión del conocimiento teórico y práctico a toda clase de lectores. Notable es su influencia en el quehacer de la ciencia novohispana: su obra fue reeditada todavía durante el siglo XIX. Con una salud más bien deteriorada por el trabajo continuo, Alzate murió en la ciudad de México en 1799.