Comunicar la ciencia
Comunicar la ciencia: entre lo estético y lo social
Tendencias en la comunicación de la ciencia
Comentarios a la página de ciencia de El Universal de México
Comunicar la ciencia: entre lo estético y lo social
La controversial variedad de discursos que pretenden divulgar los conocimientos científicos es condición suficiente para ver en ellos una mezcla de cultura, ciencia, política -o religión. En efecto, la divulgación científica posee al menos un argumento oculto en favor de la importancia de lo científico en el mundo moderno. Dicha importancia radica en la extendida creencia –aunque no tan extendida entre muchos científicos– de que la ciencia forma parte de la cultura, o en palabras de Thuillier: cuando la ciencia habla a través de la cultura, se trata de un “saber ventrílocuo”.
Es mi opinión, pues, que todo artículo de divulgación contiene el presupuesto –la mayoría de las veces oculto– de que comunicar la ciencia es importante por el más elemental de los principios éticos: porque la ciencia es una forma de cultura, y dado que toda expresión o forma de comunicación es cultural, es imprescindible comprender a la ciencia para comprender los comportamientos culturales. Con o sin esta reflexión, la divulgación de la ciencia no está exenta de estereotipos que –implícita o explícitamente– niegan el ínfimo vínculo entre ciencia y cultura. De acuerdo con Miguel Ángel Quintanilla estos estereotipos son el misterio científico, el determinismo tecnológico y la ingenuidad social y política.
A la primera categoría corresponden los epítetos de “milagroso”, “incomprensible” –o mejor: milagrosamente incomprensible–, y “trascendencia”, entre otros y supone una visión sensacionalista y ciega a la visión de la ciencia como ente que modifica realmente el mundo. En cuanto al determinismo tecnológico, el propio adjetivo anula las posibilidades de una humanidad que no posee la capacidad de controlar sus propias creaciones, en favor de la propia humanidad –y de su entorno. Y en cuanto a la ingenuidad social, baste con hablar acerca de la ciencia como un valor epistémico moderno que no supone neutralidad alguna, porque los agentes que la producen son por definición agentes con una intencionalidad. De la misma manera en que la historia de la ciencia da cuenta no sólo de hechos y actores, sino de interpretaciones de los hechos y aun de críticas a las interpretaciones de los hechos –puesto que todo hecho es, desde un principio, un hecho teórico, es decir, un hecho formulado a través de un temperamento o visión del mundo–, así también el comunicador de la ciencia expresa los hechos de la ciencia a través de un temperamento o impulso cargado de intencionalidad.
El problema de comunicar la ciencia a la sociedad supone también la existencia de una serie de factores en torno a temas como democracia, instituciones y proyectos de nación. La comunicación de la ciencia pretende incidir en cada uno de estos factores a través de la divulgación de los contenidos científicos, lo cual incluye no sólo la discusión y análisis de teorías, métodos, tecnologías, científicos y tecnólogos, sino sobre la racionalidad científica misma. Dado que la ciencia es un subsistema cultural, es decir, tanto en su producción como en su impacto intervienen diferentes agentes sociales, discursos e intereses, el papel del comunicador de la ciencia es precisamente intervenir en la interfaz de cada uno de estos factores y agentes, con el fin de mostrar la importancia (buen y mal uso) de los contenidos científicos. Así, en el papel del comunicador de la ciencia no se excluye la posibilidad de contribuir, con su empuje cultural, a cambiar el mundo, pues la comunicación de la ciencia sirve no sólo como producto estético o pedagógico, sino como factor de cambio (y aun de cambio de pautas de orden estético) entre los conglomerados sociales más amplios.
Tendencias en la comunicación de la ciencia
En “Estilos para escritores científicos y técnicos”, Manuel Calvo nombra a la actividad dirigida a la comunicación de la ciencia como comunicación científica pública y dentro de este campo incluye al periodismo científico. Para Calvo, la comunicación científica pública “abarca el conjunto de actividades de comunicación que tienen contenidos científicos divulgadores y destinados al público no especialista”, mientras que el periodismo científico está orientado “hacia la información científica y tecnológica en los medios de comunicación”. Si bien las definiciones que esboza este autor no delimitan claramente entre los conceptos de comunicación, divulgación e información, está claro que el autor quiere destacar una de las principales connotaciones de la comunicación de la ciencia, a saber: el hecho de comunicar contenidos científicos al público no especialista. Esta connotación es suficientemente fuerte para Manuel Calvo, pues su propuesta de estilo para escritos sobre comunicación de la ciencia está fundamentada en dicha premisa. En efecto, Calvo menciona la importancia de los manuales de estilo periodísticos –no menciona el Manual de Estilo de El País, pero sí menciona el de la Agencia Reuters–; de los estilos periodísticos –la importancia del uso del lead o ventanilla y de las técnicas periodísticas de la prensa escrita–, y por último, ciertos consejos sobre estilo gramatical y semántico, y sobre el uso de giros retóricos –metáforas, parábolas, etc.– El breve resumen de Manuel Calvo es consistente con su propuesta: la comunicación de la ciencia es arte literario y periodístico (sobre todo este último), pero sin entrar en discusión sobre las responsabilidades éticas y sociales de dichas actividades.
A diferencia de Calvo, J.B.S. Haldane (“Cómo escribir un artículo de divulgación científica”) reconoce el sello individual de un texto de divulgación científica y como muestra ofrece un ejemplo concreto: el esquema de un artículo sobre el queso, sus dimensiones químicas, biológicas y sociales, entre otras. Si bien Calvo está seguro del dogma que relaciona a la divulgación de la ciencia con el público lego, Haldane se muestra mucho más preciso: “¿Para quién escribe usted?”, se pregunta ante todo este autor, cuestión que él considera “aún más importante que la elección del tema”. Esta simple pregunta acerca del público al cual se dirige el escrito que comunica ciencia contiene, a mí parecer, una importante reflexión sobre el significado de la ciencia en el mundo contemporáneo, pues supone que no todo el público lego es completamente ciego o sordo ante los temas científicos, o por lo menos que la calidad de lego no es homogénea –y ello busca suponer a su vez que la ciencia contiene dimensiones cuya influencia es transversal a una apreciable cantidad de valores sociales y humanos que son impactados o modificados directa o indirectamente. Cuando Haldane propone incluir, en su hipotético texto sobre el queso, que “la manufactura (del queso) es parte de las actividades precientíficas por medio de las cuales aún conservamos una comunión con la Naturaleza” –debido a la carencia en ese entonces del conocimiento científico que mostrase el proceso de la síntesis de proteínas o de ciertas reacciones enzimáticas, o simplemente por el capricho de escribir Naturaleza con mayúscula–, Haldane quiere mostrar una dimensión filosófica del proceso científico, dimensión que muestra una sensibilidad no necesariamente coincidente con la racionalidad científica. Cuando Haldane propone incluir en este mismo hipotético artículo “la necesidad de plantear científicamente la provisión alimentaria nacional” a partir de la cuestión de la industria del queso, no hace sino expresar una voluntad política inherente al mismo proceso de descubrimiento científico. En suma, la propuesta de estilo de comunicación científica de Haldane se muestra mucho más enriquecedora y reflexiva que la de Calvo y aporta –así sea de manera implícita– cierta concepciones y valoraciones sobre el quehacer científico, cosa que –en mi opinión– es de crucial provecho tanto para la ciencia como para su comunicación. Pero las diferencias entre ambos no son fortuitas: mientras que Haldane es un connotado científico de la Naturaleza, lo propio ocurre con Calvo en el Periodismo.
Está más o menos claro que Calvo está consciente de la dimensión social y cultural de la ciencia. En su decálogo, Calvo menciona la necesidad de “traducir los términos técnicos casi siempre presente en las declaraciones de los expertos y usar (en cambio) un lenguaje adecuado a los legos”. Al hacerlo, está negando dicha dimensión de la ciencia, puesto que el conjunto de las tradiciones e instituciones de la ciencia interactúan de manera transversal al conjunto de las prácticas, valores y cultura humanas y por ende la ciencia misma no es ajena a ellas. Además, como lo ha observado Paul Feyerabend (Contra el método, Ariel, Barcelona, 1974), la educación científica tradicional ha tenido el propósito de deslindarse del resto de los campos históricos, generando de esta manera un nuevo ámbito conceptual reducido y acotado por los estándares del conocimiento así generado. Esta crítica debería estar presente en todo proceso de comunicación de la ciencia, pues hace relativa la supuesta importancia de la “traducción al público lego”.
La traducibilidad a la que Calvo se refiere es la de los términos técnicos, sin que este autor tome en consideración que todo término técnico contiene no sólo eso: también están incluidas valoraciones, objetivos sociales o políticos implícitos o explícitos, es decir, razones no estrictamente epistémicas. Como dice L. Winner (“Do Artifacts Have Politics?”, en: D. MacKenzie et al. (eds.), The Social Shaping of Technology, Philadelphia, Open University Press, 1983: La cita fue tomada de la versión castellana: “¿Tienen política los artefactos?” en la sala de lectura de la página de la Organización de Estados Iberoamericanos http://www.oei.es): “Lo que está en cuestión es la afirmación de que las máquinas, estructuras y sistemas de nuestra moderna cultura material pueden ser correctamente juzgados no sólo por sus contribuciones a la eficacia y la productividad, ni simplemente por sus efectos ambientales colaterales, sino también por el modo en que pueden encarnar ciertas formas de poder y autoridad específicas”. Acaso sea importante acotar, en este sentido, la importancia de desenmascarar aquellos sistemas científicos que pueden encarnar formas de poder y autoridad, y también dilucidar cómo los intereses subjetivos son constructores de comportamientos científicos.
La preocupación de Calvo no tiene sustento firme, o en todo caso considera al problema de la traducibilidad como traducibilidad de términos técnicos a términos llanos, cuestión ésta que evita problematizar la cuestión de fondo: hablar de la cultura moderna a través de una de sus principales instituciones. Aun aceptar un “sensacionalismo acotado” supone el análisis de dimensiones valorativas de los sectores adscritos a la pseudociencia (v. gr., las heterodoxias y los escepticismos de la ciencia, como la ufología, la parapsicología, el espiritismo) y por ello de una visión del mundo –no olvidemos, como lo recuerda P. Thuillier, que “diversos estudios… muestran en efecto que para comprender la génesis y el significado del pensamiento de Newton es útil, si no necesario, tener en cuenta sus especulaciones alquímicas y (más generalmente) herméticas” Pierre Thuillier, “Newton: el último de los magos”, en El saber ventrílocuo. Cómo habla la cultura a través de la ciencia, FCE, México, 1990).
El énfasis de la empresa periodística en la creación de opinión pública es un punto acertado, ya que este énfasis forma parte de un código de ética periodística. Los imperativos que Ramón Sánchez (“El divulgador científico”) menciona son imperativos de la actividad periodística. Este autor privilegia los rasgos de acción de los periodistas, así como la importancia –y limitaciones– de los medios de comunicación en la divulgación de la ciencia. Por ello habla de aspectos del oficio o de métodos, como “sacrificar la belleza literaria por la claridad”, o la importancia en la selección de las fuentes de información –ruedas de prensa, etc.. Ramón Sánchez prefiere adscribirse al medio periodístico, es decir, a la ética profesional y a las características de los medios de comunicación, como los responsables últimos de la comunicación de la ciencia y desecha casi por completo la posibilidad de comunicación científica por parte de uno de sus actores principales: las comunidades académicas, que no por ser académicas “hacen buena divulgación”.
Si bien Ramón Sánchez circunscribe la problemática de la comunicación de la ciencia y la tecnología contemporáneas al ámbito de la profesión periodística, Ana María Sánchez (“Sobre la elaboración de artículos de divulgación científica. El trabajo en solitario”) propone el sentido inverso: su búsqueda por un estilo va de la comunicación de la ciencia a la ciencia misma (y viceversa). La autora propone que la escritura comunicativa sobre ciencia sea tal que “permita recrear el conocimiento científico” que pretende comunicarse. Al hacerlo, supone que los comunicadores (al menos un cierto porcentaje de ellos) son al mismo tiempo científicos, poseedores del conocimiento específico que es objeto de comunicación. Pero es precisamente la posibilidad de recrear el conocimiento científico lo que, en mi opinión, constituye un gran acierto, pues es fácil imaginar las ventajas comunicativas en el seno de los grupos humanos si todos los miembros aportasen el conocimiento de que se valen para generar el conocimiento mismo. (Sólo algunas dudas: recrear es volver a crear, aunque esto admite varios sentidos; ¿acaso toda recreación es realmente una nueva versión sobre versiones anteriores, a las cuales se parece o por lo menos busca re-construir? Y si ello fuera cierto, ¿es imposible recrear sin antes re-construir a partir de la situación concreta del re-creador? ¿Cómo es esta cadena de interpretaciones o derivas metafóricas?) Un acierto adicional, que además es bastante coherente con la propuesta de la autora: la importancia de los intereses personales en la creación de sentido de un texto de comunicación de la ciencia.
Comentarios a la página de ciencia de El Universal: CONCIENCIA
El discurso ofrecido por la página encierra, claramente, una visión lúdica, recreativa y aproblemática de los hechos científicos. Esto no necesariamente desmerece el trabajo de compilación y selección de las notas de agencias noticiosas que aparecen, así como el del artículo (sin autor) sobre el controversial Gunther von Hagens. Dicha tonalidad de los hechos científicos tampoco desmerece la armonía gráfica (selección de color, tipografía, composición, etc.). Es más, la visión lúdica, recreativa y aproblemática de la ciencia es una de las imágenes más populares de los hechos científicos. En mi opinión, la principal característica de dicha visión es que ofrece una representación de lo científico de manera descontextualizada, carente de una reflexión sociocultural que sirva como marco de valoración de los hechos científicos; es precisamente la carencia de dicho marco por la que el lector no puede acceder a la reflexión de la ciencia, tal y como accedería a la reflexión de fenómenos sociales o culturales que le atañerían en su devenir, en su personalidad, en el cambio social o económico de sus contextos (laboral, familiar, etc.).
Lo anterior se constata tanto en la selección de contenidos como en la estructura y objetivos de los hechos narrados. Por ejemplo, el artículo sobre Hagens destaca aspectos circunstanciales de la técnica de plastificación de cuerpos humanos, y centra la narración en la biografía de su autor, pero no hace referencia a los motivos o causas que lo llevaron a usar diversas técnicas y conocimientos para configurar una innovación en el campo de la estética o de la tecnología (y en ello radica la importancia de los contextos culturales de la ciencia); en fin, tampoco se muestran las implicaciones morales, sociales, culturales de la propuesta técnica de Hagens. Con ello se pierde la posibilidad de valorar lo narrado (en este caso, cuestiones técnicas, morales, científicas, culturales, nacionales, etc.) en contextos mucho más amplios: no olvidemos que la ciencia engloba aspectos de carácter holista que intervienen en la constitución de lo humano y lo cultural (y por ello quizá hubiera sido gratificante conocer, por ejemplo, cuáles son los planteamientos morales y estéticos de Hagens, cosa que no se logra con la simple selección de notas de agencia). En fin, el artículo también olvida que ya en México hubo una presentación de cuerpos plastificados del propio Hagens.
Si bien esta tonalidad de la ciencia es coherente con la extensión de la sección (sólo una página), ello no impide la realización de una página que dé cabida a la ciencia como un fenómeno social, técnico y estético que es efecto y causa de diversas conformaciones culturales, y por tanto asequible a la lectura atenta de cualquier lector cuyo devenir (social, político, moral) está virtualmente implicado, directa o indirectamente, en los hechos científicos que se pretenden narrar.
Por lo demás, la selección de notas de agencias parece equilibrado, y es posible notar una preocupación por los contextos nacionales de la ciencia (y en ese caso, sería recomendable recurrir, por ejemplo, a la agencia de noticias de la Academia Mexicana de Ciencias).